Las armas del escritor: La metáfora latente de Virginia Woolf

El otro día me leí en un arranque Un cuarto propio de Virginia Woolf. Si eres mujer, escribes, te gusta el arte, la literatura del XIX-XX y eres feminista, recomiendo este libro. Cuantas más de esas características cumplas, creo que más te gustará. Por mucho que me hubiera gustado reseñar esa pequeña maravilla, no podría hacer mucho más que sencillamente recomendarlo.

Aun así, hubo algo que me llamó mucho la atención, una forma de utilizar la metáfora que jamás había visto hasta el momento. Pero antes de eso, ¿cómo funciona una metáfora?

La metáfora consiste en un tipo de analogía o asociación entre elementos que comparten alguna similitud de significado para sustituir a uno por el otro en una misma estructura. Las metáforas se componen de tres partes:

  1. El tenor de la metáfora: Es aquello de lo que en realidad se habla.
  2. El vehículo: Es lo que asemejamos al término real.
  3. El fundamento: Es la relación o semejanza entre el tenor y el vehículo.

Pongamos un ejemplo: a una persona de ojos azules le decimos “Tus ojos son el mar”. Los ojos serían el tenor, el mar sería el vehículo, y el fundamento sería que ambos son de color azul. En la metáfora explícita aparecen los dos términos (tenor y vehículo), mientras que en la metáfora implícita el tenor se suprime (por ejemplo, “el mar de tu rostro”).

El problema de las metáforas (y sobre todo las metáforas implícitas) es que explicarlas suele estropear el efecto. Para que una metáfora cale hondo el lector debe descubrir el significado por sí mismo. Pero lo que pasa es que si un lector no comprende bien una metáfora importante del texto, puede pensar que lo que lee no tiene sentido, o puede frustrarse si sabe que hay un significado encerrado pero no es capaz de encontrarlo.

¿Cómo satisfacemos a ambas partes? Virginia Woolf me demostró cómo, hablando en Un cuarto propio sobre las mujeres y la novela:

Página 10: “Ay de mí, qué insignificante y pequeño parecía ese pensamiento mío en el césped: el pez que un buen pescador restituye al agua para que engorde, y algún día valga la pena cocinarlo y comerlo. No quiero molestarlos ahora con ese pensamiento; si se fijan bien, ya lo descubrirán en lo que diré.

Pero por pequeño que fuera, tenía sin embargo esta propiedad misteriosa: restituido a la mente, se transformó de golpe en algo muy interesante y preciso, y al hundirse y dardear y zigzaguear y chisporrotear, promovió tal remolino de ideas que me fue imposible estar quieta. Fue así que me encontré caminando con suma rapidez por un cantero de césped. Inmediatamente la figura de un hombre se me cruzó. Al principio no comprendí que esas agitaciones de un objeto rarísimo, con un frac y camisa de etiqueta se dirigían a mí. Su cara manifestaba indignación y horror. El instinto más bien que la razón vino en mi ayuda: él era un Bedel; yo una mujer. Éste era el césped; aquél el camino. Solo el Profesorado y el Magisterio pueden andar por aquí; el pedregullo es mi lugar. Esos pensamientos fueron la obra de un instante. En cuanto regresé al camino los brazos del Bedel descendieron, la cara se calmó y aunque mejor es pisar césped que pisar pedregullo, nada irreparable había sucedido. La única querella que yo pude haber entablado contra el Profesorado y el Magisterio de aquel colegio era que para proteger su césped, alisado durante 300 años, habían espantado a mi pescadito”.

Tuve la suerte de estar receptivo y pillé la (larga y compleja) metáfora casi al instante, pero siempre queda la duda… ¿Es realmente esto lo que me quería transmitir? ¿O es mi interpretación, distinta de lo que en origen significaba esta metáfora? En cualquier caso, esta era la única metáfora tan enorme y significativa que había visto en el libro, por lo que no paró de rondar mi cabeza. Setenta y cuatro páginas después (prácticamente terminando el tercer cuarto del libro), recibimos lo que Virginia Woolf quería hacernos entender con su metáfora. Y debo deciros que no era exactamente lo que yo había interpretado. Así pues, horas después, cerca del final leí lo siguiente:

Página 84: “Se hubiera precisado una muchacha muy animosa en 1828 para desoír todos esos desaires, y reprimendas y promesas de recompensa. Era preciso ser bastante revolucionaria para decirse: ¡Ah! Pero no van a comprar la literatura. La literatura debe estar abierta para todos. No le permito, por más Bedel que usted sea, echarme del césped. Cierren sus bibliotecas si quieren; pero no hay puertas ni cerraduras, ni cerrojo que cierre la libertad de mi espíritu”.

La metáfora latente que utiliza aquí Virginia Woolf tiene grandes ventajas: Permite crear una interpretación propia que se consolide y además recibir después el verdadero significado (el cual no anula nuestra interpretación). Permite a los que no son duchos en el tema de las metáforas rumiar una interpretación, un significado, y se lo otorga al final en el caso de que no lo hayan descubierto. Por último, la metáfora latente cumple una máxima muy importante para que una novela dé sensación de continuidad: Cualquier cosa importante debe aparecer al menos dos veces.

¿Y a ti? ¿Te ha enseñado algo Virginia Woolf?

Si crees que este artículo te fue útil o interesante, no dudes en compartirlo en tus redes sociales, por experiencia sé que mucha gente está interesada en el tema de las metáforas, y además me haces un gran favor que no cuesta nada en absoluto.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s