Anuncio: Rendirse…

Como estudiante de psicología tengo el horrible privilegio de entender los procesos de mi cabeza. Y es impresionante lo poco que importa eso cuando uno pasa por algún bache emocional.

La evolución tiene muchas cosas buenas, pero cuando la combinamos con la evolución cultural y tecnológica, cosas que tendrían que ser útiles se convierten en cosas que nos perjudican. Un ejemplo muy claro: En el pasado, paralizarse ante un peligro inminente como un depredador podía evitar que te hiciese daño. Ahora, cuando el peligro inminente es un coche a punto de atropellarte, huir sería algo mucho mejor.

A lo largo de la evolución, la emoción se demostró mucho más poderosa que el razonamiento. El sistema emocional tiene un contrato de exclusividad con nuestro cerebro, y por ello tiene el derecho de opinar sobre algo que nos pasa antes incluso de que el razonamiento se entere de qué está pasando.

En resumen: La emoción tiene el poder de sobrepasar a la razón.

Y conseguir lo contrario es una tarea titánica que no siempre funciona.

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Hace unas semanas hice un hilo bastante deprimente en twitter, sobre lo mucho que envidiaba a todas aquellas personas que tenían éxito y publicaban con una editorial, lo mal que me sentía algunos días por sentir que no estaba llegando a ninguna parte… Y llegué al punto de decir que mi escritura no valía nada, que la autopublicación era rendirse y aceptar el fracaso, y más cosas por el estilo.

Cuando creamos, es normal tener miedo. Una pequeña lista de miedos a los que nos enfrentamos a la hora de escribir, o publicar, o incluso solo mostrar lo que nos sale de dentro:

  1. ¿Y qué dirán o pensarán sobre mí?
  2. No voy a gustarle a nadie, todos van a odiarme…
  3. ¡No está bien escrito!
  4. Soy una farsa, la gente se cree que soy mejor de lo que realmente soy…
  5. ¡Ya hay mucho escrito sobre esto! ¿Por qué iba a alguien a interesarse en lo mío?
  6. ¡Nadie más ha escrito sobre esto! Será porque es una mala idea que no le interesa a nadie…
  7. ¡Es demasiado distinto a lo habitual, es muy arriesgado!
  8. Lo que yo haga no le importa a nadie…

Es normal tener miedo, pero no podemos dejarnos doblegar por él.

¿Qué hacer?

Hay que imponer a la razón sobre la emoción.

1: ¿Y qué dirán o pensarán sobre mí?

Si muestras tu trabajo, no puedes evitar que la gente piense o diga cosas sobre ello. La gente te va a juzgar, hagas lo que hagas. Esto hay que aceptarlo.

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“¿Has visto a ése? ¡Qué pringao! Usa la primera persona en lugar de la tercera…”

Sin embargo, hay un matiz importante cuando hablamos de mostrar una obra que tenga algún tipo de polémica. Ya sea por cuestiones políticas, por opiniones, o por… TÓRRIDAS ESCENAS DE SEXO, es muy habitual preguntarnos qué es lo que pensarán de nosotros al leer esto. ¿Qué dirán nuestros padres al ver como estos dos hombres de cuerpo escultural se envuelven en un fogoso abrazo de pasión desmedida?

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Este Bryan sabe de lo que hablo. (Podéis leer esta breve joya aquí)

Aquí yo solo puedo dar un consejo: Muestra aquello por lo que no te avergonzaría ser reconocido. Aparte de la incertidumbre inicial, yo no tengo ningún problema con que se me reconozca por mis escenas de sexo, ya que intento que sea un sexo sano y consensual (no siempre puede ser seguro en las historias, ¡pero si en vuestro universo existe, usad algún método de barrera como los preservativos!). Lo mismo puede pasar con mis ideas políticas, de género…

Hay que mostrar aquello de lo que estamos hechos, siempre que sea algo de lo que estemos orgullosos de ser (y hay que estar abiertos a la autocrítica, uno puede estar muy orgulloso de ser nazi pero igual que tienes derecho a decirlo, el resto del mundo el mismo derecho a decirte que eres un monstruo por desear que otras personas sufran solo por ser lo que son. En ese caso tienes que pensar en que a lo mejor el resto del mundo tiene razón (Nota: tienen razón)).

2: No voy a gustarle a nadie, todos van a odiarme…

Este miedo es uno de los más habituales… ¡Pero recuerda, tenemos que guiarnos por la razón, no por la emoción! Aunque sea habitual, es un miedo que no tiene ningún sentido. Siempre que aparezcan las palabras “nadie” o “todos”, estamos ante una creencia irracional, como ya expliqué en este artículo. Y esta es una creencia muy ilógica: No se le puede gustar a todo el mundo, y es imposible que todo el mundo te odie. Incluso las personas más odiadas de la humanidad tienen a sus partidarios.

Respecto a lo de gustarle a todo el mundo, si lo pensamos bien, ni siquiera es algo necesario. Lo importante es gustarle a tu público objetivo. Tu público objetivo es ese grupo de personas con unas características concretas (edad, intereses, experiencias, género, etc…) a las que va dirigida tu obra. Ni siquiera tienes por qué gustarle a todo tu público objetivo, aunque tu obra tendría que tener uno. Tu público objetivo puedes ser tú mismo o tú misma (como es mi caso).

Dependiendo de cómo trabajes, lo normal es que no muestres tu historia al mundo hasta que sabes que le va a gustar a una porción de tu público objetivo (para eso están los lectores y lectoras beta), así que si no le gusta a tu público objetivo, es que todavía te queda trabajo por hacer y no es el momento de mostrar tu obra.

3: ¡No está bien escrito!

Vale, de acuerdo, este es un miedo legítimo. Sin embargo, es un miedo contra el que se puede hacer algo. Revisa y edita tu texto. Contrata a una persona que trabaje de correctora, si puedes permitírtelo.

Vale, ya está, revisado una vez más. Te has dejado los ojos de tanto revisar. Y… sigues pensando que no está bien escrito.

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“¡No está bien escrito!” Y la de atrás con cara de “¿PERO QUÉ HACES, LOCA, SI ES GENIAL?”

Esta inseguridad también es muy habitual. Nuestro ojo crítico siempre estará por encima de nuestras habilidades actuales. Puedes ver que algo está mal, pero no tienes la habilidad para corregirlo.

Mira, aquí no queda otra que resignarse: Has hecho todo lo que has podido. Nunca será perfecto. Pero así está bien y así es como debe ser. Si te quedas revisando, jamás lo mostrarás al mundo. Haz de tripas corazón y acéptalo, porque esto es inevitable y hasta los mejores escritores y escritoras piensan que siempre hay algo que se puede mejorar. Pero cuando lo mejores encontrarás otra cosa, y otra cosa… Hay que saber cuándo decir adiós al texto y lanzarlo al mundo tal como está, con los posibles errores que pueda tener.

4: Soy una farsa, la gente se cree que soy mejor de lo que realmente soy…

Esto es tan habitual que hasta tiene un nombre: Síndrome del impostor. Y está muy relacionado con el punto anterior: Nuestro ojo crítico siempre estará por encima de nuestra habilidad. Y claro, nosotros vemos nuestros fallos y los magnificamos, cuando otras personas ven nuestra habilidad y se asombran por lo que podemos hacer. Creemos que somos peores de lo que realmente somos.

El síndrome del impostor puede salir por muchas razones. Por ejemplo, cuando se consigue un gran éxito de la noche a la mañana, o en poco tiempo. Cuando una persona se convierte en alguien importante dentro de un mundillo sin darse cuenta, y el resto de personas vienen en busca de consejos, o idolatrándola, es muy habitual sentir que no se merece lo que se ha conseguido, y que el mundo busca consejo en nosotros cuando somos los que más perdidos estamos.

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Un grafiquito. A la izquierda, cómo de bueno te crees, y abajo, cómo de bueno eres. El efecto Dunning-Kruger es lo contrario: creer que somos geniales y cuando no sabemos hacer la o con un canuto.

Es difícil escapar de las garras del síndrome del impostor. A veces es imposible. La razón no siempre puede vencer a la emoción.

Pero a veces podemos encontrar datos objetivos. En la escritura hay mucha subjetividad, pero en algunas cuestiones podemos encontrar un poco de objetividad. La habilidad técnica es algo que no se puede ignorar como algo subjetivo. La constancia, los logros, eso está ahí, y es una prueba de que hemos hecho algo. Para derrotar al síndrome del impostor estos pueden ser unos buenos aliados.

5: ¡Ya hay mucho escrito sobre esto! ¿Por qué iba a alguien a interesarse en lo mío?

Esta es una de las mayores muestras de que no somos racionales.

Si hay mucho escrito sobre un tema, es porque a la gente le interesa ese tema. Y si a la gente le interesa ese tema, le va a interesar lo tuyo.

Ahora bien, hay un miedo agazapado aquí detrás. Si hay tanta competencia, ¿por qué iban a elegirme a mí entre el resto de alternativas? Y es un miedo legítimo, porque esta es una pregunta que hay que hacerse seriamente.

¿Qué les aportas tú que no les esté aportando nadie más? Cuando halles la respuesta a esta pregunta, sabrás por qué alguien va a interesarse por lo tuyo.

6: ¡Nadie más ha escrito sobre esto! Será porque es una mala idea que no le interesa a nadie…

Este es otro miedo legítimo. Sí, es posible que no haya nadie más que haya escrito sobre eso porque no es un tema que le interese a alguien.

Sin embargo, esta soledad puede ser tu gran aliada. No hay nadie compitiendo en tu terreno. Toda la gente interesada en ese tema está tirándose de los pelos porque nadie escribe sobre eso. De primeras, ya tienes a un grupo de personas con necesidad de lo que tú escribes. Eso es un buen público objetivo.

Mucha gente está ya harta de lo estancada que está la literatura, sobre todo en ramas tan “imaginativas” como pueden ser la fantasía y la ciencia ficción. Ofrécenos algo nuevo, diferente, y como mínimo te aseguro que le echaremos un vistazo.

Y si todo eso falla… no pierdas la esperanza. Si nos lo presentas con entusiasmo, de manera entretenida, puedes conseguir que nos interesemos por algo nuevo y que desconocemos por completo. El mejor ejemplo de esto, en los años recientes, sería el anime Yuri on Ice!!!, que ha conseguido que un montón de personas miren el patinaje artístico con otros ojos.

Ser una persona que ofrece algo único es… único. No dejes que eso te desanime, deja que sea aquello que te da alas.

7: ¡Es demasiado distinto a lo habitual, es muy arriesgado!

Esto puede no ser cierto, puede que solo estés exagerando sobre lo arriesgado que es… por ejemplo, escribir una historia en segunda persona, o usar el femenino plural como inclusivo. Ya se ha hecho varias veces, y aunque fueron jugadas arriesgadas en su tiempo, son herramientas que podemos usar perfectamente, siempre que sepamos cómo.

Pero a veces tienes razón. A veces tomamos decisiones arriesgadas. Rompemos con las normas establecidas. Hacemos algo que no se ha hecho nunca, algo que, si no conseguimos mantenernos en equilibrio sobre la fina línea de la catástrofe y el éxito, nos hará caer en el lado malo. Y por supuesto, nos da miedo, porque no sabemos si cuando nuestra obra salga fuera, caerá del lado del éxito o de la catástrofe.

Sí, es muy arriesgado. Pero sin riesgo, no hay recompensa.

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Las personas detrás del juego Horizon: Zero Dawn sabían que hacer que su protagonista fuese una chica normal no sexualizada era un movimiento que se consideraría arriesgado dentro de la industria. Ya se está ganando odio de los machistas que la tildan de fea, pero es uno de los juegos que me muero por jugar (yo, y miles de chicas que agradecen una protagonista con la que identificarse).

A veces nos caeremos, pero otras veces triunfaremos. Y lo mejor es que si nos caemos, siempre podemos volver a levantarnos. Tenemos los lectores beta para hacer la prueba, y si vemos que es un fracaso absoluto, podemos reconstruirlo antes de lanzarlo de verdad al mundo.

Es importante valorar los riesgos, y es importante saber cuándo podemos ser atrevidos. Aquí cada cual decide si quiere o no correr esos riesgos, pero si lo único que te echa atrás es el riesgo de ser demasiado atrevido o atrevida, demasiado experimental… te estás dejando arrastrar por la emoción. Acepta las posibles consecuencias si todo sale mal, y lánzate a la piscina.

8: Lo que yo haga no le importa a nadie…

Si no le importa a nadie, ¿qué es lo peor que puede pasar? ¿Qué alguien lo encuentre y le empiece a importar?

Al principio, cuando empezamos, no le importamos a casi nadie. A veces, ni siquiera la familia o amigos están ahí. Os lo digo por experiencia: Cuando empecé, en mi entorno más cercano no le importaba a nadie lo que escribiera. Solo un par de amigos de entonces me han leído (y con un par, me refiero literalmente a 2). Cuando empecé este blog, por supuesto que tampoco le importaba mucho a mi entorno. No había nadie que escribiese, y mucho menos personas interesadas en el mismo tipo de libros que yo. Pero bueno, yo seguí.

Y aquí estamos. Hace casi ya 2 años no le importaba a nadie. Hoy…

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El viernes pasado estuve en la presentación de Rojo y Oro, de Iria y Selene (mi reseña aquí), y tuve dos muestras de que realmente yo le importaba a la gente. La primera vino de mano de Aruv Lightwood (Enlace a su blog), que me dijo que soy más conocido por el mundillo de lo que me creo realmente. El segundo, es que por primera vez en estos dos años, una persona a la que no conocía de nada, ha venido a saludarme porque me sigue (fue un detallazo, Santiago) y dice que le gusta lo que hago.

Aunque no lo creamos, sí que hay gente a la que le importa lo que hacemos. Otra vez, la emoción intenta hundirnos, decirnos que no valemos para nada y que lo que hacemos no le importa a nadie. Pero normalmente no es verdad, y cuando es verdad, solo lo es de manera temporal. Es normal que al principio no nos conozcan. Y eso se arregla enviando material al mundo, conectando con la gente a la que le interesa lo que contamos y escribimos.

Estas son las pocas claves que puedo daros para combatir la emoción con la razón.

En muchos casos, la emoción no se puede suprimir, y la razón no basta para sobreponerse. En mi última recaída, ya sabía que la sinceridad de las personas que me aprecian no bastaba. No importaba lo mucho que me dijesen que lo que hago es genial y que merece la pena. Mi desesperanza no atendía a razones. No le importa en absoluto lo que le digan. Rechazará todas las pruebas en su contra, y tomará como válido cualquier pequeño argumento a favor. La emoción es escéptica de todo lo que no vaya acorde con sus ideas.

Esos sentimientos no desaparecen con la experiencia, ni con los éxitos. Autores y autoras con muchos logros a sus espaldas sienten lo mismo que tú, esa inseguridad y ese miedo que intenta atenazarnos desde dentro. Y cuando la razón no es suficiente, cuando la emoción jamás va a marcharse de nuestro lado, ¿qué nos queda por hacer?

Actuar como si no existiese. No permitir que forme parte de nuestras decisiones. No hay que ignorarla, pero tampoco hay que dejar que se adueñe de nosotros.

Yo también tengo muchos de estos pensamientos, pero intento que no me afecten.

Uno en concreto está clavado en lo más profundo de mi ser. Sigue ahí, con sus zarcillos tóxicos enredados en mis entrañas.

Si no te publica una editorial grande, no mereces la pena.

Me gustaría decir que después de todo lo que he aprendido ya no pienso así, pero sería mentira. Por mucho que la razón (y la experiencia de otras personas) me diga que no, que la editorial no significa nada a nivel de calidad y solo es un factor en temas de distribución, en mi fuero interno sigo pensándolo, aunque a veces no me dé cuenta. Porque intento alcanzar esas editoriales grandes, porque miro a las pequeñas con decepción. Aunque no lo diga con palabras ni lo piense, mi conducta me asegura que eso es lo que pienso.

Me importa más ser aceptado por una editorial que ser aceptado por la gente que de verdad me lea.

(Joder, cómo ha dolido poner eso en palabras).

Pienso que si no publico con una editorial grande, seré un fracaso.

La autoedición es rendirse

La autoedición es la última salida de aquellos que no lo consiguen. Rechazados por las editoriales, su última opción es subir su libro a una plataforma, imprimirlo por su cuenta, con su propio dinero.

Esta es la parte que más me duele de todo. Toda mi vida he crecido oyendo que el trabajo de un escritor es escribir, que es la editorial la que tiene que encargarse de la maquetación, portada, distribución, márketing… y que todo eso tiene que salir de su bolsillo, no del nuestro.

Soy un estudiante sin más fuente de ingreso que el dinero de las becas. Autoeditar no solo se sentiría como un fracaso para mi tóxica parte emocional que quiere con locura una editorial, sino que además supone un esfuerzo económico que en mi fuero interno pienso que no tendría que salir de mi parte. No solo es un fracaso y una ruina a todos los niveles, sino que siento que ESTÁ MAL. Es algo incorrecto.

Y la razón me dice que todo esto es mentira, que son estupideces y mitos que he adoptado sin darme cuenta. La realidad me muestra que la autoedición bien hecha es una tarea titánica y que tiene mucho más mérito que publicar con una editorial. Las editoriales no son tan brillantes y deslumbrantes como mi cerebro piensa, hay problemas internos, no tienes control sobre muchas cosas, y es un mundo complicado en el que muchas veces intentarán aprovecharse de ti o de tu obra. Sigue siendo una opción, si sabes elegir bien la editorial y estás atento a las posibles trampas y roces, pero no es el triunfo épico que en mi interior creo que es.

Por eso he hecho caso de mi propio consejo, y he actuado como si estas emociones, estos miedos e inseguridades no existiesen. Yo, el que solo siente que las editoriales son el éxito y la autoedición es rendirse…

  • Voy a autopublicar una historia corta en digital.

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Si no podéis con la emoción, actuad como si no existiera. Funciona.

El corazón del alquimista

No creo que suba muchos más relatos a este blog (a menos que la gente empiece a pedirlos activamente, claro está), así que disfrutad este pequeño cuento. 

 

El corazón del alquimista

El hada Meriel estaba harta. Y así se lo hizo saber al alquimista, dueño de la pocimería “Traguitos mágicos”. Que de mágicos no tenían nada.

—¡Pero cómo es posible! —preguntó el hada Meriel, sobre las puntas de sus zapatos. Era tan bajita que si no, no alcanzaba a ver por encima del mostrador—. ¡La poción de energía que me vendiste no me vigorizó en absoluto!

—Quién lo diría… —respondió el alquimista.

—¡Jopelines, Alfi! ¡Ya es la segunda que me vendes que no hace ningún efecto! ¿Cómo es posible que te salga mal una poción tan fácil?

Alfi el alquimista se levantó y cogió uno de los libros del estante que tenía detrás. Lo abrió y repasó con el dedo la lista de ingredientes. Aupada sobre el mostrador, El hada Meriel pudo ver cuál era el problema.

—Pues mira que es raro —dijo Alfi—, yo seguí las instrucciones al pie de la letra.

—¡Pues claro! —exclamó Meriel, señalando el agujero en el pecho del alquimista—. ¿Cómo te van a salir bien las pócimas, si no tienes corazón? ¡No puedes ponerle el corazón a tu trabajo sin él!

—Bueno… Nunca lo he necesitado —dijo el alquimista—. Llevo muchos años haciendo pócimas, y nunca antes me habían salido mal.

—¡Confía en mí! Sé lo que me digo, y digo que es culpa del corazón que te falta. Y también sé que si sigues así empezarás a fallar más y más, y nunca mejorará… Llegará un momento en que no podrás hacer pócimas nunca más. ¡Es impresionante lo lejos que has llegado sin corazón!

—¿Y qué puedo hacer? No tengo ni idea de cómo funcionan estas cosas…

—¡Yo te ayudaré a recuperar el corazón! —se ofreció el hada Meriel—. ¿Dónde lo viste por última vez?

—Creo que lo perdí cuando estaba con Ula.

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Y así, el hada Meriel partió en busca del corazón del alquimista. Mientras compraba una manzana amarilla se preguntó si no estaría siendo egoísta. La verdadera razón por la que estaba ayudando al alquimista era para conseguir pociones que funcionasen bien. Agitó las alas con fuerza con aquella amarga sensación en su interior y se elevó por los cielos, hacia la nube en la que vivía la mujer llamada Ula.

Ula vivía en una nube por su extraño sentido de la moda. El hada Meriel, igual que todos los que no sabían su nombre, la conocía como la dama del vestido infinito. La nube de Ula flotaba con la estela de su largo vestido estampado colgando como el velo de un traje de novia de muchos colores. Por eso mismo no fue difícil encontrarla.

—¡Vaya, un hada! —dijo Ula, la del vestido infinito, al verla—. No es habitual ver hadas tan arriba. ¿Por qué no te sientas y descansas esas alas?

El hada Meriel lo agradecía. Era de alas débiles, y subir le había costado bastante. Se le cansaban tan rápido que no podía ir volando por ahí, como el resto de las hadas. Estaba atada al suelo.

A menos que tuviese pociones de energía.

—He venido a por el corazón de Alfi el alquimista —dijo el hada Meriel—. Cree que lo perdió cuando estaba contigo. Toma, me ha pedido que te traiga esto.

El hada Meriel le entregó la manzana amarilla que había comprado. La mujer del vestido infinito la cogió con ternura. Por su cara era fácil saber que estaba recordando momentos felices.

—Siempre me traía manzanas amarillas. Pero… lo lamento, yo no tengo su corazón —confesó Ula—. Cuando le conocí, Alfi ya había perdido el corazón. Sin embargo, no nos dimos cuenta de que le faltaba hasta que apareció ese hueco en su pecho. Al principio era pequeñito, pero poco a poco se fue haciendo más grande… Y dejamos de vernos.

—¿Por qué? —preguntó el hada Meriel.

—Alfi necesita que llenen ese hueco en su pecho. Intenté llenarlo con mi amor, pero eso solo lo empeoraba. Era un hueco demasiado importante, y cuanto más intentaba llenarlo, más grande se volvía. Y… una persona sin corazón no puede amar de verdad. Alfi solo podía estar conmigo para que llenase el hueco de su pecho, y eso me hacía daño… pero se hacía más daño a sí mismo.

Al hada Meriel le pareció muy triste que Alfi no pudiese amar. Su relación con Ula había sido muy trágica, y no podría solucionarlo hasta que tuviese su corazón de vuelta.

—¿Tú sabes dónde está su corazón? —le preguntó a la mujer del vestido infinito—. ¡Si lo encuentro, Alfi podrá amarte de verdad!

—Eso sería muy amable por tu parte. Creo que sé dónde está el corazón de Alfi… pero… podría ser peligroso. Estoy segura de que un monstruo se lo ha comido.

—¿Cómo de peligroso es ese monstruo?

—Tu cuerpo no sufrirá daño alguno, pero… el monstruo puede ver en lo más profundo de tu ser. Intentará hacerle daño a tu corazón. Y si le dejas, se lo comerá.

El hada Meriel tragó saliva antes de pedirle a Ula que le dijera el lugar donde habitaba ese monstruo.

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Mientras caminaba hacia la guarida del monstruo, el hada Meriel se preguntaba si no estaba yendo demasiado lejos por unas pociones de energía. Podía ir a otra pocimería, y su problema se resolvería. Sin embargo, algo en su interior le impedía dejar de lado a Alfi. Él había resuelto muchas veces sus problemas. Pero en el fondo de aquella grieta había un monstruo que podía devorarle el corazón.

Bajó planeando al fondo, pensando que estaba demasiado desesperada por las pociones.

El monstruo la vio llegar, y dejó que el hada Meriel tocase tierra. Era grande, un lagarto gigante lleno de pinchos y con muchos dientes puntiagudos. Recordó que el monstruo no podía herir su cuerpo.

—Vaya, vaya, el hada Meriel. ¿Tanta prisa tienes por perder tu corazón? —rió el monstruo.

—¿De qué me conoces tú? —se defendió ella.

—Te conozco muy bien, hada Meriel. Conozco a todos los que tengan el corazón lleno de sombras. Miedos, inseguridades. Tú tienes muchas de esas, Meriel. ¿No deberías estar en la escuela de las hadas ahora mismo? Ayer tampoco fuiste. ¿Por qué, Meriel? ¿Tenías miedo de lo que pensarían el resto de las hadas al verte arrastrarte por el suelo? Meriel, el hada que apenas puede volar.

El monstruo disfrutó del silencio. El hada no podía responder, estaba atrapada por su miedo.

—Tienes razón, Meriel. Todo esto no merece la pena. ¿Por qué no vuelves, y buscas otra tienda de pociones? Nadie debe enterarse de tu secreto. Deja, sube en mi brazo y yo te llevaré hasta la cima. Creo que tus alas no pueden más. Si subes tú sola, se partirán. Ve, y dejaré en paz tu corazón.

El monstruo tenía razón. Meriel, derrotada, subió en la garra del monstruo, que la alzó. Sin embargo, no saltó a la cima de la grieta. Echó un vistazo al monstruo, y desde arriba, pudo ver el corazón de Alfi, brillando en el interior del lagarto gigante. Con un suspiro, saltó de la garra en dirección al monstruo, que abrió sus fauces para devorarla. Se zambulló en la oscuridad.

“Ha sido una mala idea, Meriel. Ahora no podrás salir de aquí”.

Pero ella no hizo caso al monstruo. Alcanzó la tenue luz del corazón del alquimista y la cogió con firmeza. Inspiró profundamente y aleteó con todas sus fuerzas. Volando hacia arriba en la oscuridad, iluminada por el brillo del corazón, olvidó el cansancio. Se abrió paso y salió del interior del monstruo, con un niño en los brazos. Era el corazón de Alfi, que pesaba demasiado para ella. Aleteó con furia, viendo la salida de la grieta demasiado lejos. Le costaba mucho subir.

—¡Cuidado, Meriel! —decía el monstruo—. ¡Es demasiado pesado, jamás podrás escapar con él! ¡Tus alas se partirán, y ya no podrás volar nunca más! ¿De qué sirven las pociones sin ellas?

—Tiene razón… —dijo el corazón de Alfi—. No merece la pena. Yo solo quiero probar nuevas pociones, mezclar ingredientes, descubrir cosas nuevas, pero la gente no quiere probar cosas nuevas. Quiere lo conocido. La misma fórmula, una y otra vez. Suéltame…

Meriel no hizo caso y siguió batiendo las alas con todas sus fuerzas. El monstruo vio como conseguía llegar a la cima y la vio salir de la grieta, sin intentar impedirlo. El hada escuchó que a su espalda se rompía un enorme y frágil cristal.

—Enhorabuena. Espero que merezca la pena el precio tan alto que has pagado, Meriel —le dijo el monstruo—. Estaré acechándote en las sombras de tu mente.

Ella se alejó allí, incapaz de volar nunca más, llevándose el corazón de Alfi.

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El alquimista recibió su corazón con alegría. El Alfi niño y el Alfi adulto se abrazaron y se volvieron uno. El hueco en su pecho desapareció, y bajo la piel latía con fuerza la pasión que el alquimista había perdido mucho tiempo atrás.

—Gracias, Meriel.

—No ha sido nada —dijo el hada, intentando contener las lágrimas. Las alas no le dolían. Directamente, no las sentía. ¿Era de verdad un hada, ahora que sus alas no servían para nada?

—No digas eso. Ojalá pudiera devolverte tus alas. Las has sacrificado por mí. ¿Puedo ofrecerte una pócima de energía? Yo invito.

—No, gracias. Ahora ya no me hacen falta —dijo Meriel, con tristeza.

—Te ofrecería una poción de valor, para afrontar al resto de las hadas… Pero creo que no te hace ninguna falta, después de lo que has hecho hoy. ¿No crees?

Aquello consiguió que el hada sonriese.

—Supongo que tienes razón.

Fin

 

 

¿Qué os ha parecido? ¡Espero vuestra opinión en los comentarios! Sobre todo, si queréis que de vez en cuando suba algo de este estilo…