El yo, el superyó y el ello de Freud (y las aplicaciones del psicoanálisis en la escritura)

El otro día Rafa (también conocido como Dragón Mecánico) hizo un post sobre los cinco tipos de miedo en psicología (y una novela de terror de cada uno de ellos) y mencionó que con Freud y sus Yoes no hay quien se entere.

Y bueno, aquí estamos. Estamos de vacaciones, así que no esperéis las 5000 palabras que acostumbro a hacer con mi psicología aplicada, esto es un acercamiento básico y poco más.

El yo, el superyó y el ello de Freud (y las aplicaciones del psicoanálisis en la escritura)

Siegmund Freud (se dice “fróid”, no vayáis a ir diciendo “freud” por ahí) era un psiquiatra (según dicen, un poco cocainómano y obsesionado con el sexo) que revolucionó la psicología allá en los siglos XIX y XX, con la creación de la corriente del Psicoanálisis, que como disciplina científica no es muy allá, pero que ayudó a desarrollar la psicología hasta lo que conocemos hoy. Se podrían escribir y se han escrito disertaciones sobre este señor, pero vamos a centrarnos en lo más importante para lo que nos atañe: Su teoría sobre la consciencia del individuo y las tres partes de la mente.

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El psicoanálisis es un marco teórico en sí mismo, pero en la actualidad está desfasado. Algunos de los conceptos del psicoanálisis se conservan y usan en la actualidad (como el de transferencia y contratransferencia, o técnicas como el test de Rorschach una vez que han pasado rigurosas pruebas estadísticas) pero la mayoría hay que cogerlos con pinzas. El tema de la interpretación de los sueños y la terapia psicoanalítica, por ejemplo, se han dejado de lado porque no producen resultados por sí mismos o pueden ser sustituidos por técnicas mucho más eficaces. Así que tomaos esto más como una clase de historia de la psicología y como conceptos interesantes que pueden trasladarse a la ficción con facilidad (como los temperamentos de Aristóteles… ¿eran de Aristóteles, verdad?).

La teoría psicoanalítica dice que hay tres niveles de conciencia sobre uno mismo: Está lo consciente, que es lo que podemos notar y saber (de lo que somos conscientes); lo inconsciente, que es todo lo que no podemos notar ni saber (de lo que no somos conscientes); y entre medias, el preconsciente. Es como un lugar al que el consciente puede acceder un poco y al que la información inconsciente puede ir si se eliminan las represiones del individuo.

En resumen, lo consciente es aquello que conocemos y aceptamos de nosotros mismos, como sentimientos, ideas, pensamientos; son cosas que podemos explicar y contar con palabras. Lo inconsciente serían cosas como impulsos, pensamientos, deseos o ideas que no sabemos que tenemos, pero que tenemos. Estas cosas son desagradables y reprobables y por tanto quedan confinadas al inconsciente (aunque no tienen por qué ser malas, solo están reprimidas). El preconsciente sería un lugar de paso entre estas dos zonas.

Y ahora, para ilustrar estas tres zonas y las tres partes de la mente, tenemos la metáfora del iceberg.

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Ya es momento de que hablemos de las tres partes de la mente, que no están totalmente separadas entre sí: El Yo, el Superyó y el Ello.

El Yo (o el Ego) es nuestra mente consciente, la que piensa y actúa de manera proactiva. Es el pilar de nuestra identidad, la parte de nuestra mente que toma las decisiones, la que está a los mandos de nuestro cuerpo. Si las tres partes de la mente se dividiesen y tuviésemos que identificarnos con una, sería con el Yo. Se le suele ver como el intermediario entre los otros dos (como la persona que tiene al demonio y al ángel en sus hombros), aunque Freud lo pensó originalmente como el que está entre los dos en una jerarquía: Transformando las pulsiones y deseos del Ello (que estaría abajo del todo) en algo que pueda ser aprobado por el Superyó (que sería el más elevado). Sería más correcto decir que el Yo está dirigido por el Ello y confinado por el Superyó. Intenta conseguir el mayor placer posible dentro de los límites que marca el superyó.

El Ello (o el Id) es el conjunto de nuestros impulsos deseos e instintos más básicos (que se guían por buscar placer y huir del dolor). El Ello es desorganizado e inconsciente, no puede existir alguien que se guíe solo por su Ello (aunque la idea es que si fuese así, el ser humano solo sería como un animal cualquiera). El Ello no juzga, nada es bueno ni malo; ni moralmente aceptable ni inaceptable.

Freud decía que el Ello tiene dos instintos básicos o Pulsiones, que lo dirigen. Son la pulsión de vida y la pulsión de muerte. La pulsión de vida es creadora, un deseo de crear (que Freud asociaba al sexo) y desarrollar. Finalizar ese desarrollo sería algo placentero. La pulsión de muerte se expresa a través de la agresión, a quitar vida o destruir cosas, lo cual produce un efecto relajador una vez se ha completado.

Por último, el Superyó (o el Superego) sería el control moral y crítico de la consciencia. Es lo que intenta que el individuo se adecúe a las normas sociales aceptables, y juzga lo que está bien y lo que está mal (más que “bien” y “mal”, sería lo correcto y lo incorrecto). Se basa en la norma y la expectativa social. Es el que castiga al Yo por cumplir las demandas del Ello que se salen de la moral.

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Estas tres partes de la mente interactúan en la vida diaria. El Ello pide gratificación inmediata de las pulsiones, el Yo transforma esos deseos en algo apropiado y aceptable por el Superyó, y éste último castiga al Yo si esa consecución del deseo no está socialmente aceptada. El yo es el que evalúa el mundo a nuestro alrededor, y el que, de manera inconsciente, nos defiende psíquicamente de los traumas (en esta entrada hablé en profundidad de cómo afrontar los problemas, y me extendí en las diferentes defensas del yo. También mencioné las tres partes de la mente, ahora que me fijo, aunque más resumido). La teoría es que el enfrentamiento entre estas fuerzas (Ello y Superyó) produce tensión, y el yo tiene que liberar esa tensión de alguna forma.

En ese artículo también mencioné el Trío Freudiano, que es una de las formas más interesantes de aplicar todo esto a la escritura. Un Trío Freudiano sería construir un trío de personajes que encarne estas tres partes de la mente: Tendríamos a un personaje impulsivo y que hace lo que le apetece en ese momento sin considerar si está bien o mal, un personaje juicioso que sirve de brújula moral e intenta reprimir a los otros dos, y un personaje intermediario que sería el Yo. En resumen, sería un personaje emocional e instintivo, otro personaje frío, sin pasiones, lógico y que se ciñe a las normas, y un último personaje que reconcilia estos dos ideales en conflicto.

Otro resumen muy bueno que ya incluí en la otra entrada mencionada es que el Ello es lo que deseamos ser, el Superyó lo que deberíamos ser, y el Yo es lo que somos.

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La terapia psicoanalítica intentaba “conquistar el Ello”, y lo hacía a través de la interpretación de los sueños y la asociación libre (el terapeuta dice una palabra y el paciente responde lo primero que se le venga a la cabeza), ya que se supone que así se podía acceder a lo inconsciente y sacarlo hasta lo consciente. También durante la terapia, el terapeuta tenía que ser totalmente neutral y estar libre de cualquier clase de juicio, para que el superyó dejase de reprimir al yo y la persona pudiese expresar todas aquellas ideas y deseos que estaba reprimiendo (en aquella época, lo normal era que se reprimiese lo sexual). Esa conquista del yo se consigue cuando esa persona logra reorganizar sus pulsiones de manera que encuentre una forma de liberar las tensiones producidas por ellas de manera apropiada. Solía representar un cambio en la forma de pensar de la persona, que dejaba de ver ciertos comportamientos como totalmente inapropiados, una idea inculcada por la moral de su entorno y que no hace más que reprimirla.

Una persona sana en el psicoanálisis sería la que es capaz de conciliar los deseos del Ello con las restricciones del Superyó.

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Id, Ego, Superego, de Cabeza de Revólver

¿Y bien? ¿Qué os ha parecido? Espero que no os haya sabido a poco. ¡Nos vemos la semana que viene!


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